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Basuraleza Humana 01

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
MicroFricciones en CYRANO

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Piedras y Palabras | MicroFricciones

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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Como perros y ángeles

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
MicroFricciones en EDICIÓN CYRANO

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COMO PERROS Y ÁNGELES

Dicen en Babel que, al principio, Dios inventó a los ángeles y a los perros.

A los ángeles les impuso la razón de los preceptos. A los perros, la intuición de la alegría. Por eso puso alas en los ángeles. Y colas en los perros.

Y mientras los ángeles sacudían sus alas intentando volar, los perros los perseguían por todo el cielo para tentarlos a los juegos y a la risa. Ahí se inicia la historia de los caídos. Y se explica la razón por la cual los perros aún en día persiguen a los ciclistas por la calle. Pero esas historias no son para esta noche.

Lo cierto fue que los ángeles protestaron y se cuenta que Dios inventó a los hombres como compañía de los perros.

Y los mandó al Paraíso. Y ya conocemos la historia de las primeras estupideces humanas. Los piantaron del Paraíso. Lo que tal vez no sepan es que, cuando rajaron a la Eva y al Adán, los perros del lugar decidieron acompañarlos. El dueño del circo intenta retenerlos. Les profetiza futuras desgracias pero nada. La perrunada se manda a mudar siguiendo a la pareja expulsada. Y se cuenta que hasta la Eva y el Adán se fueron moviendo la cola.

Pero lo ángeles se quedaron solos y siguieron protestando. Ya en la tierra como en el cielo comenzaron a correr los aforismos. Los muros del cielo y del mundo se llenaron de grafitis.

Enojados con el inventor, una patota de ángeles escribió en las paredes de la Vía Láctea: Dicen que los perros se parecen a sus dueños: por eso, el perro de Dios no existe.

En respuesta, un grupo perruno estampó en el pórtico del Palacio de Ángeles: Viva Perrón.

Y ahí siguió una serie de toma y daca que un tal Rafael Pérez Estrada compiló en su “Relación y naturaleza de los ángeles”. Ahora paso a citar algunas de estas expresiones. Pero quiero que sepan que les voy a meter el perro.

Ahí vamos. Dicen que…

“Los ángeles mudan sus plumas en otoño”
Con ellas, los perros hacen almohadones para mitigar los fríos suelos del invierno.

“En mayo florecen los pubis de los ángeles”
En junio los perros van al cine San Martín a ver Pubis Angelical.

“El ángel del trapecista padece de vértigo”
El perro con vértigo padece de Hitchcock.

“El ángel de la muerte tiene los labios fríos”
El perro de la muerte pinta los ojos de Goya.

“Cree el ángel en su inocencia que hay hombres de la guarda”
El perro cree en su inocencia más que en los hombres.

“Tres ángeles orinando hacen una galaxia”
Dos perros orinando los postes hacen luz en las noches oscuras.

“Con el ángel caído empieza la gravedad”
Con el perro caído se agrava el dolor del alma nuestra.

“El ángel del ciego es tacto”
El perro del ciego es todo sentido.

“El ángel del suicida tiene forma de grito”
El perro del suicida está encadenado en el fondo de la vida.

“Mueren los ángeles en el espacio que media entre el pelotón y el ejecutado”
Los perros no abandonan ni en la muerte.

“El ángel del sediento tiene palabras de polvo”
El perro del sediento desgarra sus patas en la tierra buscando ríos profundos.

“El ángel del solitario vive en otra casa”
El perro del solitario siempre aguarda en la puerta.

“El plumero es un escarnio para el ángel”
El bozal es el escarnio del perro.

“No desearás el ángel de tu prójimo”
Errar es humano, perdonar es de perros.

Ladran, Sancho…
Ya me voy.
Dejo unas pocas ideas al salir:

En la puerta de una iglesia de Saladillo puede leerse: Perro nuestro que estás en el cielo.

Pero hay los hombres que cortan la cola del perro porque no soportan la expresión de la alegría.

Por eso les digo, si hay Juicio Final, los perros abandonados serán nuestros jueces…




Nota: Los textos encomillados fueron tomados de "Relación y naturaleza de los ángeles", Rafael Pérez Estrada, Cuadernos Hispanoamericanos Nº444, Madrid, 1987.





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Mácula de Luna

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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MÁCULA DE LUNA

Hay los que creen que la vida se hace en las dos riberas de un río. Hay los que creen que la vida se escribe en esos márgenes. Y pasan el tiempo cruzando de un lado al otro.

Cuando la noche nos encuentra en medio de ese río, cuando no sabemos si seguir o regresar, intentamos el cuento de existir.

Pero nadie pasa inmaculado por un cuento que se engendra en la noche.

El deseo nos encuentra de pie, solos, inmóviles estacas entre juncos, mirando la costa lejana. Tanto río nos separa de ella. Del otro lado deben estar nuestros sueños.

Pero tanto esfuerzo para atravesar la corriente que fluye.

Hay los que se quedan naufragados. Hay los que se hunden en los barros del primer paso. Hay los que se ahogan en remolinos. Pero hay los que llegan a cruzar el río.

Y es entonces, cubiertos de camalotes y de barros, que volvemos la vista hacia la costa abandonada. El esfuerzo nos encuentra de pie, solos, inmóviles estacas entre juncos, mirando la costa abandonada. Tanto río nos separa de ella. Del otro lado quedaron nuestros sueños.

Cruzamos el río para dejar de estar solos. Y seguimos solos. ¿Será que los demás saltaron la noche y están ahora donde supimos estar?

Esta es la paradoja, nos decimos. Cuando vamos, los otros vienen.

Y regresamos a cruzar el río. Y en medio del río nos atravesamos. E intentamos, patéticos, descubrir cuál es la ribera.

Hay los que cruzan, hay los que regresan. Y ya en una playa, en un arenal o una barranca, ahora en compañía, volvemos la mirada al otro lado.

De pie, inmóviles estacas entre juncos, miramos la costa abandonada. Tanto río nos separa de ella. Del otro lado quedaron nuestros sueños.

¿Será esta la paradoja de la vida?
¿Cruzar y cruzar un río hasta que la muerte nos diluya en la noche?
¿Es el río la metáfora de aquella puerta que, en sus dos caras, obra un cartel donde se lee “detrás de esta puerta está la vida”?

No. La puerta es un engaño falaz. Pero el río… 

Y otra vez.

Cuando la noche nos encuentra en medio de ese río, cuando no sabemos si seguir o regresar, intentamos el cuento de existir.

Pero nadie pasa inmaculado por un cuento que se engendra en la noche.

Y elevamos los ojos al cielo, que parece ser el lugar de las respuestas. Y tratamos de descifrar las máculas de la luna. Rogamos, pedimos, demandamos…

Hay los que creen que la vida se hace en las dos riberas de un río. Hay los que creen que la vida se escribe en esos márgenes. Y pasan el tiempo cruzando de un lado al otro.

Ustedes ya intuyen el destino de este relato. Es obvio, una mísera expresión de evidencias.

La vida no se escribe en las márgenes de un río.
La vida no se hace en sus riberas.

La vida es el río.

La vida es eso que fluye y que nosotros, estacas entre juncos, cruzamos sin darnos el maravilloso privilegio de ser camalotes.

La vida es el río.

Ahora bien, si comprendemos esto: ¿para qué seguimos mirando aquellos límites, aquellas fronteras, esas riberas donde sólo la muerte nos espera?





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FAROLEROS 2 | MicroFricciones en Babel

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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A pedido | MicroFricciones en Babel

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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La Razón de los Brazos

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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LA RAZÓN DE LOS BRAZOS

Hay los que creen que la vida del escritor es cosa fácil…
A veces, sometidos a los hechos del presente, sentimos que la realidad nos acorrala y nos deja solos, encerrados en nuestra cabeza. Como mutilados.

Frente a la angustia de la soledad ando parodiando a los viejos hacedores de fábulas, tratando de resistir con palabras. Porque dicen que la palabra nos libera. Pero soy torpe en los oficios del narrador y la vengo trayendo oscura. Así que si me permiten, voy a volver a enunciarla para ver si me ayudan ustedes a darle mejor luz.

La historia que me gustaría saber contar se titula “La Razón de los Brazos”. Y “La Razón de los brazos” podría empezar a contarse de este modo:

Y un día se hicieron a la mar para conquistar el mundo.
Se ha dicho que una vez, cuando amarraron las naves en cierta isla, todos los habitantes del lugar fueron hechos prisioneros.
El comandante de los conquistadores reunió a sus jefes de ejército, de evangelización y de actas escriturales. Una vez invocados, los notició acerca de qué hacer con los cautivos: “corten los brazos a todos”.

Entonces mandó cortar los brazos a todos los habitantes de la isla sojuzgada.
Luego de cumplir el mandato, los jefes de ejército, de evangelización y de actas escriturales discutieron razón de tamaña orden.

“Ha mandado cortar los brazos para que ninguno pueda empuñar armas en nuestra contra”, dijo el jefe de ejércitos.
“O tal vez, mutiló brazos para que no puedan invocar a falsos dioses del cielo”, agregó el jefe de evangelización.
El jefe de actas alcanzó a ver, en la amputación de miembros, “una forma de impedir la escritura de manifiestos libertarios o poéticas de resistencia”.

Mas ninguno de ellos osó pedir respuesta al comandante de la invasión.

Y el comandante jamás reveló a nadie cual fue el verdadero sentido de su obrar.

Bueno bueno. Hasta aquí la expresión la fábula. Y entonces, bien podrán ustedes discutir la razón de tamaña historia.
¿Qué tiene que ver esto con aquello de “a veces la realidad nos invade y nos deja solos, mutilados, frente a problemas que nos parecen mortales?”
Quiero ser honesto con ustedes. Mi necesidad frente a la realidad de estos días me llevó a inventar esta suerte de fábula. Y en mi necesidad se cifra la expresión que justifica el relato.
Entonces, la ficción dirá:

El comandante de los conquistadores mandó a cortar los brazos a todos los sometidos. Pero no lo hizo para evitar que empuñen armas en su contra, ni para impedir que invoquen a sus dioses del cielo, ni para que truncar actos de escritura. Lo hizo para prevenir un acto mayor, un acto poderoso. Lo hizo para extirpar la razón de los brazos.

Pues bien sabía este sicario imperial, que no es bueno que los sometidos descubran que aquellos que se abrazan se vuelven invencibles.

Pues la razón de los brazos radica en el abrazo.

Y entonces sí, abandono ahora mis porfías de escritor. He llegado hasta este lugar de la noche, simplemente, para decir “mi abrazo te anda buscando”. He llegado hasta este lugar de la noche, simplemente, para recordar en ustedes la razón de los abrazos en el mundo.

Los que se abrazan son invencibles.




 
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Un Pájaro Feliz

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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UN PÁJARO FELIZ

Hagamos un cuento. Les cuento el principio. Vayan tomando nota porque el cuento requiere de ustedes. Comencemos.

La mujer llega a la plaza que despliega sus límites sobre la barranca del río que lame el costado oriental de Babel. Junto a un banco de madera, el vendedor de pájaros ya dispuso sus jaulas de alambre. Ya tenemos entonces la escena del cuento: La mujer, el vendedor de pájaros, las jaulas, los pájaros.

La mujer se detiene, indecisa, entre las jaulas. Luego, dice al vendedor: “Quiero un pájaro que cante feliz”.

El hombre, lento como el aire que llega desde el río, observa las jaulas. Extiende su mano. Abre una puerta. Toma un pájaro. Lo acerca a la mujer. “¿Quiere usted un pájaro que cante feliz?”

Entonces, abre su mano y libera al pájaro que vuela todo de urgencia hacia los árboles de la plaza.

“Ahí tiene entonces un pájaro feliz”.

Si usted quiere un cuento feliz, es este el momento de volar hacia otros destinos. A usted le digo, a usted que está ahí.

Porque el cuento sigue.
La mujer regresa a su casa. Llega la noche. No puede dormir. En el centro de la madrugada junta un par de cosas en su mochila. Abre la puerta de su casa y escapa.

“Quiero una vida feliz”, dice.
Y regresa a la plaza que despliega sus límites sobre la barranca del río que lame el costado oriental de Babel.

Se sienta en un banco de madera. La luna se amarra en el cielo. El pájaro feliz se posa junto a ella. Ahí están los dos.

¿Es feliz el pájaro feliz que fue liberado de su jaula?
No.
¿Es feliz la mujer que huyó en la madrugada?
No.

¿Acaso será que la liberación no hace a la felicidad?

Si usted quería un cuento feliz, es este el momento para creer que la liberación hace a la felicidad. Y póngase a cantar.

Amanece. El sol irrumpe sobre las islas. La mujer y el pájaro esperan en el banco de madera.

¿Y entonces qué?
A usted le pregunto, a usted que está ahí.

¿Y entonces qué?
¿Quiere un pájaro que cante feliz?
¿Quiere una vida feliz?
¿Quiere un cuento feliz?

Lo que sigue es el regreso del vendedor de pájaros que dispone sus jaulas junto al banco. Ahí están otra vez los tres. La mujer, el pájaro y el hombre.
¿Y entonces qué?

¿Ya imagina usted a un pájaro pidiendo el regreso a su jaula?

Aquí les dejo abierto el cuento y me voy hacia la noche. Los libero para que piensen conmigo alguna respuesta.

Mientras tanto, me quedo observando esta puerta de papel, esta hoja donde las últimas palabras escritas dicen:

“Los pájaros no cantan porque tienen una respuesta, sino porque tienen una canción”.


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NOTA: La fabulación del escriba deviene de un acto de lectura de "El vendedor de pájaros" y "Por qué cantan los pájaros", textos que pertenecen al libro "Dios, el mamboretá y la mosca" de Thomas Moro Simpson. Si algo bueno hay en la palabra de MH ya conocen ustedes el origen de tal accidente.




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Pedir Pedir

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MACEDONIO HERNÁNDEZ 
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PEDIR PEDIR

Buenas y santas. Si no tiene nada mejor que hacer en este instante, le propongo pensar conmigo algún asunto banal del universo Babélico. Le propongo pensar la cuestión del pedir. Pedir. Pedir.

Bien canta el León rosquinense: “Sólo le pido a dios que el engaño no me sea indiferente.”

A ver. ¿No tiene usted la sensación de que todo el universo se la pasa pidiéndole cosas?
Ya sé, usted no es Dios, pero basta su presencia en cualquier lugar para que puaj, ya se le venga un pedido encima.
Todos te “piden” cosas. Todo te “pide” algo. Como si uno fuese Dios y estuviese al divino botón.

A ver si nos entendemos. Apenas usted abre la puerta del pasillo, ahí nomás, se le viene el perro a “pedirle” atención. Sigue unos pasos y viene la gata a “pedir” que la levante.
¿Me equivoco? Es así. Superado el trance, llegan los hijos. Hay uno que te “pide” que le resuelvas un problema de álgebra. Hay otro que te “pide” que cocines. Y todo ya. Ya. Y así todo el tiempo.

¿Sigo?
A que tu mujer te “pide” que le cuentes qué hiciste este día de morondanga con tu vida peripatética.
¿Viste?
Y si te sentás en la compu siempre aparece alguno a “pedirte” comentarios. Tonces, te tirás en el piso a ver tele y ahí entra el señor Mercado a “pedirte” que consumas.
¿No está repodrido de todo eso?
Todos te “piden” cosas. Todo te “pide y te pide” algo. Como si usted no tuviera otra cosa que hacer. Al final, uno no hace nada de tanto atender pedidos ajenos. Al final uno se queda solo como un perro, se queda.

Después salís a la calle y tenés la sensación de andar perdido en Babel. Ah…
Disculpe usted lo rústico y ramplón de mi lenguaje pero… ¿No se siente un tarado? ¿Todos tienen que pedir, pedir y pedir? Seradedió será. Vamos, de verdad, ¿no se siente un tarado? Mire, se lo digo de corazón: Usted es un tarado. De verdad, usted es un tarado. Y se lo digo con saber, porque a mí me pasa lo mismo muchas veces. Y esto nos pasa… por tarados.

¿Y sabe por qué somos tan pero tan tarados?
Porque nos equivocamos todo el tiempo. Estamos eligiendo ser tarados. Por eso nos quedamos solos en Babel, por tarados. Pasa, mi amigo, que elegimos el verbo equivocado para leer los actos del mundo.
Cuando imponemos el verbo “pedir” a todo, nos condenamos. Solitos nos condenamos a la soledad.

Bien canta el León rosquinense: “Sólo le pido a dios que el engaño no me sea indiferente.”

A ver si me comprende. Cuando usted abre la puerta del pasillo y se le viene el perro, el bicho no viene a “pedirle” atención. Viene para “compartir” una caricia.
Y si usted se atreve a “compartir” podrá descubrir que el mundo confundido de Babel… cambia.
Entonces, permítase “compartir” caricias con su perro.

Y siga de este modo, vea. Levante a su gata para “compartir” un poco de calor y afecto. Siéntese con su hijo a “compartir” saber e ignorancia en la resolución de un problema algebraico. Cocine con su otro hijo para “compartir” la mesa y el pan. Hable con su mujer para “compartir” los cuentos del día.

Escuchá, a ver si te queda: Cada vez que suponés que el mundo sólo está para pedirte algo, te quedás un poco más solo.

Solo como un perro. Como tu perro. O tu gata. O tus hijos. O tu mujer.

Eso sí. Tampoco es cuestión de ser un tarado superlativo. Cuando te tires a ver la tele y venga el señor Mercado a “pedirte” que consumas, no le des ni cinco de bolilla.
¿Tamos o estamos?
Y ahora mire a su alrededor. A lo mejor hay tiempo de compartir algo antes del fin de este domingo. A lo mejor todavía su perro su gata sus hijos o su mujer están dispuestos.
Vaya.
Y ya que estamos terminando: ¿Le puedo “pedir” algo? ¿Sí?

Entonces… y parafraseando al León rosquinense: Sólo le pido a usted que deje de ser tan tarado.








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